ALBERTAA… «BAJATE DEL CABALLO», NO DEL BARCO – columna del Cr. Alberto Fertonani

Albertaa, irrita a todo un continente con una sola frase y parece empeñado en convertirse en el protagonista de un chiste sobre argentinos. Con un efecto irritante para el resto del continente.

Sus declaraciones evidencian la persistencia entre la casta política argento del mito de Argentina como un país de origen europeo, sin raíces indígenas como deseaba Julio A. Roca. En 2018, Macrigato, realizó otra polémica alusión: “Yo creo que la asociación entre el Mercosur y la Unión Europea es natural porque en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”,

típico de nuestra falsa democracia con la hijoputez al límite y racista. Y con Albertaa,  Argentina tiene poco de envidiable. Ya es uno de los países con más muertos por covid, con 83.000 fallecidos* y los hospitales al borde de la saturación, pero sigue negándose a recibir vacunas estadounidenses (Moderna, Janssen y, sobre todo, Pfizer), lo que le impedirá acceder a la parte que le correspondería de los 500 millones de dosis que  ‘donará’ el gobierno de Washington. Tampoco podrá recibir su parte completa de los 20 millones de dosis que  ‘donará’ España el año próximo, salvo que sean todas de AstraZeneca (propiedad de BlackRock, nuestro benefactor)

La gestión de la economía, con una inflación disparada (los precios han subido un 20,6% desde enero) y con las negociaciones con el FMI en punto muerto al menos hasta las elecciones generales de octubre, resulta muy discutible. Según la organización católica Caritas, el país se encuentra en una “crisis sanitaria, social y económica sin precedentes” y afirma que de cada cuatro chicos del Gran Buenos Aires, solo uno come todos los días, un asco.

Albertaa quien alardea de cuidar la investidura presidencial es, al mismo tiempo, quien más la ha desdibujado por mérito propio sin duda. Es difícil exagerar el efecto que, en ese sentido, generan sus conferencias radiales matutinas. En su afán de gobernar escenificando permanentemente sus batallas, ha terminado negándose a sí mismo cualquier posibilidad de ejercer con solvencia la función simbólica de un jefe de Estado. Desde luego, eso no significa que no apele a decenas de millones de subsidios. Significa, en cualquier caso, que su estilo de liderazgo nunca se adaptó al hecho de que su condición como titular del Poder Ejecutivo le imponía ciertas restricciones en cuanto a su imagen, a su manera de conducirse o de hablar. Pilar Tejedor , Psicólogo clínico y Psicoanalista enfoca la Analidad como eje fronterizo desde el plano narcisista. Enfermedad psicológica individual y cultural cuyas víctimas, más que los propios afectados, son las personas que se relacionan con ellos. Según el mito, Narciso era un bellísimo y vanidoso joven de quien se enamoró la ninfa Eco, a la cual despreció. El dolor por este gesto fue tal que a Eco se le rompió el corazón y murió. Por haberla tratado con tanta crueldad, Némesis, la diosa de la justa revancha, castigó a Narciso haciendo que se enamorase de su propia imagen. Un día, al hallarse inclinado sobre las aguas de un lago, vio su imagen reflejada y se enamoró apasionadamente de su propio reflejo. Embelesado en la contemplación de su propia imagen, al intentar acariciarla, cayó al agua y murió ahogado, convirtiéndose entonces en una flor, el narciso.

En sus delirios Albertaa se cree, de verdad, estar entre los elegidos poseedores de una supremacía moral que justifica manipulaciones de todo tipo, amparado por otros sujetos que se dejan contagiar gustosamente por la enfermedad y sus beneficios. Y es que, absorto en su idea de grandiosidad, el narcisista desconoce la compasión, la justicia, el bien común y la responsabilidad, aunque cínicamente y para su conveniencia haga de ellos su estandarte.

También se puede hablar de organizaciones o incluso de sociedades narcisistas como La Cámpora. Un gobernante que desatiende las demandas de la totalidad de su población o que sacrifica su medio natural para obtener dineros (coimas) son ejemplos del narcisista que carece de la sensibilidad suficiente para atender las necesidades humanas. Tal y como describía el experto en esta enfermedad Alexander Lowen, «cuando la riqueza material está por encima de la humana, la notoriedad despierta más admiración que la dignidad y el éxito es más importante que el respeto a uno mismo, entonces la propia cultura popular, en su ignorancia, está sobrevalorando la imagen y hay que considerarla como cultura de masas narcisistas».(●)

En lo individual, el narcisismo es un trastorno de la personalidad caracterizado por una dedicación desmesurada a la imagen: ser el más admirado, poderoso o deseado; ser el centro de atención aun diciendo ‘bolazos’. Tiende a ser manipulador e histriónico con el objetivo de ocupar ese ansiado lugar donde él se sabe protagonista. Se muestra soberbio, arrogante, vanidoso, engreído, cínico y desdeñoso. Su enorme ego le lleva a ser egoísta: compláceme y admírame es su lema. Actúa con frialdad y se centra en sus propios intereses. Ensimismado e incapaz de querer educarse, vive preso en la jaula de sus sentimientos de grandiosidad, que le aíslan de la relación auténtica y humana. Carece de la empatía necesaria para sentir con los demás, para compartir el dolor y el sufrimiento de otros seres humanos.

Además, tal y como muestra el mito, el sujeto narcisista sólo admite un reflejo positivo procedente del exterior. La opinión discrepante, la crítica o la llamada a que asuma su responsabilidad ante la crisis generada por su acción insensata no la acepta y puede provocar represalias: desde la exclusión hasta la violencia física hacia aquel que lo confronta.

El narcisista se siente infalible y perfecto; él jamás se equivoca. Si al narcisismo le añadimos además una buena dosis de paranoia (lo cual es habitual), el delirio resultante puede dar lugar a la creación de las más aberrantes conspiraciones para inculpar a otros y ganar tiempo en la escapada de sus desmanes. Frente al discurso con el que se siente herido, el narcisista cierra filas, utiliza la mentira y el insulto en lugar del diálogo o, lo que es peor, promueve la cruzada contra aquel que cuestiona sus criterios y sus fobias de niño ó adulto (temerle a Bugs Bunny, caminar en cuatro patas con Nestor llevando la correa).

En el narcisista, las fantasías de grandeza y ambición desmedida conviven con profundos (y a menudo inconscientes) sentimientos de inferioridad y, en consecuencia, de una excesiva dependencia de la admiración y aclamación externa. Y es que para el narciso el otro no existe como ser humano, sino que es un objeto que está allí para complacerle, amoldarse a sus deseos y, cómo no, darle siempre un reflejo positivo.

La prepotencia y la arrogancia, síntomas de la personalidad narcisista, unidas a una apariencia de gran seguridad e invulnerabilidad, han generado a lo largo de la  historia sujetos que en el ejercicio del poder han demolido su entorno discrepante desde la tiranía y el despotismo. Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Pinochet.

Que quieres que te diga Albertaa, ¡¡Ojalá no sepas nadar…!!

(*) Cabe aclarar que las estadísticas anuales de fallecidos por enfermedades respiratorias dan una cifra parecida.

(●) véase: Columna:  «Cultura popular y cultura de masas»

Cr. Alberto R. Fertonani – Resolviendo la Mentira Social, Editorial Buyatti Bs.As., 2021

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