ASTUTOS, MORDACES, EN DEFINITIVA… «LIBERALES»: columna del Cr. Alberto Fertoniani

El Coyote que persigue al Correcaminos es Astuto y Mordaz pero cada artimaña que elabora siempre le sale mal y normalmente se le vuelve  en contra de sus intereses. Con los liberales capitalistas ocurre algo muy  parecido, pues no han hecho otra cosa que ensayar prácticas de atrapar al incauto produciendo una catarata de estupideces que se les volvió en contra en sus  propios países. 

Para negociar, tanto Gerente ó sindicalista, utilizan el razonamiento de Gary Becker, un auténtico especulador que se hacía llamar politólogo y todos le creyeron. El precio total (de un producto ó un trabajo) es una combinación del tiempo, el dinero y el esfuerzo que uno debe sacrificar para obtener el bien ó servicio en cuestión. El gran impulsor de esta revolución —que algunos llaman “imperialismo de la economía”— ha sido el profesor Gary Becker, cuyas incursiones en la sociología, la antropología y la ciencia política lo llevaron a afirmar que: «todas las acciones humanas, incluyendo el trabajo, la diversión y la búsqueda de pareja, tienen motivaciones y consecuencias económicas». El efecto que sus enseñanzas y escritos han tenido sobre la economía y sobre otras disciplinas fue ‘reconocido’ en el año 1992, con el otorgamiento del Ilegítimo Premio Nobel de Economía (recordemos que No lo otorga la Fundación Nobel). Becker ha ilustrado la efectividad del análisis económico en áreas como el crimen, la educación y la familia.

Becker comenzó a pensar sobre el crimen a mediados de los años ’60, mientras manejaba hacia la Universidad de Columbia para tomar examen a un estudiante. Como se le hacía tarde, en lugar de estacionar el auto en la cochera, se planteó a sí mismo la opción de hacerlo en una calle más cercana a la sala en la que se iba a tomar el examen, pero donde estaba prohibido. Calculó las chances de recibir una multa, el monto de esa multa, y el costo (en tiempo y dinero a pagar) de dejar el auto en la cochera, y decidió que era mejor estacionar más cerca y arriesgarse a la sanción. Mientras caminaba hacia la sala del examen, se le ocurrió que era muy probable que las autoridades de la ciudad hubieran hecho un cálculo similar. El monto de las multas, y la frecuencia con la que se inspeccionan los autos estacionados, debían depender de los cálculos realizados por los infractores potenciales. Ya en la sala de examen, Becker le pidió al estudiante que describiera el comportamiento óptimo de los infractores y de la policía. Una cuestión que él mismo aún no había resuelto. El análisis económico del crimen, iniciado formalmente por Becker en su artículo “Crimen y Castigo” (1968), parte de un supuesto muy sencillo: los criminales son racionales. Un ladrón es un ladrón por la misma razón que otra persona es profesor de Economía Capitalista: porque esa profesión lo satisface más, según sus propios estándares, que cualquier otra alternativa a su alcance. En palabras del Cr. Mario E. Echenique “se puede ser economista liberal y asesinar a más personas y en menos tiempo que un dictador africano”. Aquí, como en cualquier otra parte del análisis económico, el supuesto de racionalidad no implica que los ladrones (ni los profesores de Economía capitalista) calculen los costos y beneficios de las alternativas disponibles hasta el decimoséptimo decimal; lo que hacen es elegir la alternativa que mejor les permite alcanzar sus objetivos. Si los ladrones son racionales para prevenir el robo no es necesario tornarlo imposible, basta con disminuir suficientemente su rentabilidad esperada. Si los beneficios de una profesión disminuyen, o sus costos aumentan, menos individuos se van a dedicar a ella, ya se trate de la plomería, la docencia o el robo. Si las ancianitas empiezan a llevar un revólver en la cartera, y como resultado del uso que hacen uno de cada 10 punguistas termina en el hospital o en la morgue, el número de ladrones decrecerá notablemente; no porque todos hayan sido neutralizados, sino porque la mayoría habrá optado por una forma menos riesgosa de ganarse la vida. Si el robo se vuelve lo escasamente rentable, nadie saldrá a robar. Del mismo modo, si las alternativas son suficientemente atractivas, habrá mucho menos robos. Lo contrario ocurre en épocas de alto desempleo, cuando las estadísticas ponen de manifiesto que la tasa de criminalidad tiende a aumentar. El supuesto de racionalidad no sólo se aplica a los criminales, sino a todos aquellos incluidos en el análisis. Los jueces, los policías, los legisladores y las víctimas potenciales, al igual que los criminales, son individuos racionales que persiguen sus propios objetivos de la mejor manera posible. La teoría económica no da ningún motivo para pensar que los criminales son menos racionales que los jueces, o que los jueces son más desinteresados que los criminales. Al movernos de lo descriptivo a lo prescriptivo, parece natural aplicar un enfoque similar a nosotros mismos. Al diseñar instituciones para controlar el crimen, nuestra preocupación no tiene que ser el pecado, sino el costo de impartir el castigo y el costo del tiempo en prisión del encontrado culpable.

Eliminar todos los asesinatos y los robos sería, sin duda, algo muy deseable; pero si debemos tratar de hacerlo o no, dependerá de cuánto cuesta. Si para reducir la tasa anual de asesinatos de su nivel actual hasta cero es necesario convertir a la mitad de la población en policías, jueces y guardias de prisión inmensas, probablemente la idea no es buena en materia económica. Frente a la corrupción deben aplicarse criterios similares. Hay que estructurar el funcionamiento interno del sector público y privado, de modo de reducir las chances de que los funcionarios cometan actos corruptos, con particular énfasis en las áreas donde dichos comportamientos son más costosos. Estudios recientes han demostrado que existe mayor corrupción cuando menores son las remuneraciones en el sector público, y cuanto mayor es el grado de injerencia del Estado en la actividad económica. Pero, también con salarios altos comienza la manipulación de los sindicalistas para no dejar caer el monto de esos salarios; y si un gobernante los enfrenta por las huelgas salvajes que decretan debe tener una curricular muy limpia pues si no será vapuleado por algún pecado de corrupción y tendrá que bajar la cabeza.  Un Estado pequeño (en cuanto a la cantidad de empleados y dependencias administrativas) pero fuerte, concentrado en sus actividades indelegables, con funcionarios de alta remuneración, profesionalidad y prestigio, nombrados en función de una carrera de servicio público en Universidades dedicadas a ello y no por lealtades o pagos políticos, constituyen el mejor antídoto contra la corrupción y a veces ni todo esto la detiene. Para determinar la oportunidad del delincuente y del delito a cometer, hay variables que el Estado debe considerar fuera del ámbito económico ya que éste es solo una “pata de la mesa”.

Continuará…

Cr. Alberto R. Fertonani – Resolviendo la Globalización, Editorial Buyatti, Bs.As. 2021

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