DISCUSIONES POLÍTICAS, MEJOR NO TENERLAS: columna del Cr. Alberto Fertonani

Alguien dijo: “Encierras a tu perro y a tu bruja -ojo, no dije brujita- durante veinticuatro horas en el baul del coche y cuando lo abres, quién se alegra de verte… ¿eh?”

¿Es posible hablar de política sin acalorarse, sin perder las formas ni herir los sentimientos de nadie y, sobre todo, sin acabar con el ego revolcado, si el interlocutor es una mujer?

Es posible, pero no es fácil…!!, y menos en semanas electorales. Hay muchas emociones en juego estos días, mucha polarización política que se traslada a los giles, perdón, ciudadanos, y demasiados debates, que no enseñan nada bueno si es entre políticos. Pero, se puede hablar de política sin discutir y pasarlo bien. Debería haber reglas cuando, en una reunión familiar, con amigos, o en una charla informal en el trabajo, alguien plantee, ¿Y qué te parece todo lo que está pasando?. 

Más allá de la ideología de cada uno, para intentar defender con solvencia cualquier idea hay que saber qué está pasando. Y eso implica obtener información de fuentes diversas, de medios de comunicación serios (como NexusContenido y las columnas de Fertonani, que son muy bien intencionadas, veraces y plurales) y no limitarse a una burbuja informativa, a chats guasaperos en los que todos opinan igual, o a las cuentas de Twitter que sólo reafirman lo que queremos oír.

Defender las ideas con firmeza no implica ser agresivo, nos decía el ‘Gallego’ en su mensaje cotidiano. Como reconsiderando que alguna vez se lo vió con una ametralladora PAM en la escalera de la Muni. (foto en página central de LaVoz, 1976).

Hay que hablar para que nos respeten y para que quede claro lo que opinamos, pero sin perder los nervios, que son un signo de debilidad. Hay que dejar hablar a los demás, sin interrumpir, sin suspirar ó mejor dicho ‘resoplar como equino’, sin muestras de desagrado, y luego, en un tono amable, explicar por qué se discrepa y cuál es la propia opinión. Y es muy importante cuidar el lenguaje no verbal. Si no se está en absoluto de acuerdo con lo que está diciendo la persona que habla, es comprensible en algún momento mover la cabeza en señal de disgusto o entornar los ojos o fruncir los labios, pero no hacerlo todo y a la vez como un loquito del manicomio creyéndose Hitler.

En una charla entre varios, es fácil que surjan diversos temas con los que no se está de acuerdo, pero hay que elegir bien si vale la pena intervenir y en qué momento hacerlo, para no salir damnificado o parecer el clásico gruñón que siempre va a la contra. Desde luego se pueden poner límites respecto a opiniones que uno no esté dispuesto a tolerar, por ejemplo sobre el racismo o la violencia de género, pero en algún momento la mejor estrategia puede ser apartarse del grupo y salir a tomar el aire. Como asegura Luisito Barrionuevo: “mejor no opinar en esta época ó te censuran hasta en el grupo de guasáp, no respondiendo ni siquiera a un ¿Está lloviendo afuera?”. Como diria un curita: “Los caminos del Señor… y el de los celos, son misteriosos”.

El mejor propósito en una conversación es escuchar el doble de lo que se va a hablar. Es una vieja regla, pero muy útil cuando hay posiciones discrepantes. Escuchar al interlocutor no significa esperar el turno para saltarle a la yugular como un perro rottweiler y con el discurso habitual de zurdito cheto ‘auto asumido’ defensor de pobres. Hay que intentar mantener la moderación. Al fin y al cabo, el placer de la oratoria es buscar argumentos para defender una opinión y la contraria. Lamentablemente, lo que suele ocurrir es que la discusión se degenera ante una opinión contraria, con la tendencia de extremar la propia para contrarrestar y llegar, como por casualidad, a las cachetadas Kristinescas.

No hay que esperar que los demás se muestren pacientes y amables cuando se habla de política. Al fin y al cabo es uno de los temas, como el fútbol o antes la religión, que provocan discusiones más intensas. Hacer una broma puede ser un recurso para enfriar la conversación si en algún momento alguien sube el tono, pero hay que ser cuidadoso con la ironía y no herir sensibilidades. Un tema que parece superficial puede ser muy importante para otro. A veces la línea entre el humor y una burla es fina. Con decir, “Que hubiera dicho Maradona”, sería suficiente para relajar los ánimos.

Hay personas que tienen una habilidad especial para poner nervioso al otro. Siempre con la excusa de la confianza –mal entendida–, pero saben qué temas tocar para molestar. Hay que estar vigilante en estas situaciones, especialmente si se trata de una celebración y la charla está subiendo de tono. “No voy a caer en esa provocación”, puede ser una respuesta. O simplemente no entrar a la contienda verbal, quizás desviando la atención hacia otro tema, diciendo: “Mirá Batman, caminando por el techo…”

No se debe confundir una conversación con una conferencia y abrumar a los demás con datos. De entrada, los interlocutores pueden poner esos datos en cuestión –circula mucha noticia falsa– sobre todo si lo dice Albertaa y sus ‘expertos’ que, como Samuel Johnson afirmó: «El patriotismo -como heroe de pandemia en nuestro caso- es el último refugio de los canallas».

Debatir con cifras puede ser de utilidad entre ‘profesionales’ como Satán Cavallo y sus discípulos -que sacan unos resultados a medio camino entre tarados e idiotas- y no ayuda a llevar una conversación ágil y distendida en un contexto informal entre amigos o compañeros de trabajo. Mejor aportar alguna experiencia concreta para sostener una opinión, por ej. “A mí me cag… con el Lecor que imprimió en Chile, esa mentirosa”.  A mí NO, me dijo, una vez, el Tesorero de la Mutual de…

Se pueden defender puntos de vista muy diferentes sobre un tema con personas a las que uno estima. Más que verlo como una dificultad, es una oportunidad para mirar las cosas desde una perspectiva diferente a la habitual. Ponerse en el lugar del otro es una actitud inteligente cuando se habla de política, por ej.: entender por qué opina así sobre determinados asuntos, o qué vivencias han ayudado a que piense así. Si se trata de una persona a la que no se conoce en profundidad, unas cuantas preguntas ‘estratégicas’ pueden ayudar a entender por qué defiende determinadas posiciones. Es lo mismo que decir: “Todo tiene una historia, y para fundamentar la opinión debe saberse esa historia”. O sea, si sos ‘militante’ buscás un puesto público, ahí esta tu fanatismo.

Algunas personas defienden con tanta pasión sus ideas que resulta incómodo discutir con ellas. Fijan el relato de los hechos y no hay quien les mueva de sus posiciones, siendo una mala actitud. Hay que respetar que cada uno tenga sus opiniones y no intentar convencer a nadie por la vía de la vehemencia. Utilizar frases, para responderle, del tipo: “yo no lo veo así”, “esto es lo que opino”, es como perder el tiempo si no estás encerrado con ese otro en una celda cumpliendo condena de 20 años por asesinato y planificas el “próximo”. Mejor ser flexible, humilde y atreverse a poner los ‘pies en polvorosa’ y desaparecer como novia fugitiva ya que sino lo hará dudar hasta de sus propias ideas.

Hay quien defiende que, con los amigos o la familia, mejor no hablar de política para no pelearse, pero esta norma puede invertirse porque los valores compartidos y el respeto, protegen la relación de cualquier tentación de hostilidad, a pesar de las discrepancias. Sin embargo, existe el riesgo de que la conversación suba de tono y surja el conflicto, sino pregunte en las fiscalías la cantidad de homicidios que hay durante ‘ingenuas’ celebraciones. Mejor pensárselo dos veces, antes de arruinar la fiesta a todos. Mejor pasar página. Al fin y al cabo, es muy difícil conseguir que alguien cambie de opinión y seguramente no vale la pena pelearse sólo por la política, dijo una vez Luisito D’Elia.

Algunas personas deciden no hablar de política, no porque no les interese o no estén informados; quizás prefieren dejar este tema al margen y en lugares como el banco de la plaza mientras da de comer a las ratas con alas para que no afecte sus relaciones personales, y no  como la cajera del super  que no le importa que el cliente esté esperando el cambio hace trece minutos y que de seguro agradecería que los empleados trasladen el debate a un lugar más privado. “Cortala mishínguene (loco en Idish) y dame las moneditas”.

En resumen, así como el humano, por naturaleza, opina de política ó sufre del Fenómeno de los lugares altos*, mejor no acercarse al acantilado ni tener discusiones políticas ya que los políticos sinvergüenzas solo prometen y después ¡¡hacen lo que les da gana…!!

*Fenomeno de los lugares altos: es el miedo de querer saltar, Jennifer Hames, 2012.

Cr. Alberto R. Fertonani – “Resolviendo Vicios en la Conducción de Personas – Negociación”, Editorial Buyatti, Bs.As., 2012. 70

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