HISOPADO CHINO (Anal), en la Política Argento. Columna del Cr Alberto Fertonani

La fase anal en psicología es un término utilizado por Sigmund Freud para describir el desarrollo infantil durante el segundo y tercer año de vida, en donde el niño siente placer, y el conflicto se centra en el área anal. Esta etapa es ejemplificada en el placer del niño de controlar sus intestinos. Entonces, cuando la habilidad de controlar el esfínter anal madura, la atención del niño pasa de la zona oral a la anal. Esta es la segunda pulsión mencionada por Freud como parte del desarrollo psicosexual del niño. Según la teoría de Freud, la incapacidad de resolver los conflictos que se presentan durante esta etapa pueden causar una fijación retentiva anal o expulsiva anal. El concepto de fijación ocurre cuando hay un exceso de gratificación en esta etapa, lo que desarrolla una personalidad en extremo desorganizada, o por el contrario, cuando la gratificación no ocurre, dando origen a un individuo sumamente organizado. (Wikipedia).

El hisopado anal es para algunos expertos mucho más preciso que un hisopado nasal o faríngeo y puede aumentar las posibilidades de detectar cualquier virus, pero su implementación requiere que el instrumento se inserte entre tres y cinco centímetros en el recto del paciente y debe rotarse varias veces para recolectar la muestra. «No es demasiado doloroso, pero sí superhumillante y me hicieron dos exploraciones anales. En el proceso, también me tomaron una muestra de la garganta. Cada vez que lo hacía temía que la enfermera se olvidara de cambiar el bastoncillo entre las dos”, bromeó un sujeto al que habian «hurgado».

Los hechos sociales podrian explicarse en los fenómenos conscientes, tales como los sentimientos. Pero olvidan que nuestro comportamiento no siempre está guiado por ideas claras y que nuestras ideologías son casi siempre racionalizaciones elaboradas demasiado tarde.

Antonio Damasio, en su libro El error de Descartes (1994), nos dice: «Cuando experimentas una emoción, como la del miedo, hay un estímulo que tiene la capacidad de desencadenar una reacción automática. Y esta reacción, por supuesto, empieza en el cerebro, pero luego pasa a reflejarse en el cuerpo real estremeciéndonos. Cuando percibimos todo eso es cuando tenemos un sentimiento». Los sentimientos, en definitiva, son el modo en el que nos relacionamos con esa vertiente emocional de nuestro cerebro, son las construcciones psicológicas que hacemos tras experimentar ciertas emociones. Es imposible, pues, aislar las funciones racionales del cerebro de las emocionales. Las emociones son algo más químico, mientras que el sentimiento es el resultado de aplicar el filtro de la evaluación consciente. ¿Pero de qué sentimientos hablamos? Los psicólogos J.G. Carlson y E. Hatfield destacan los dieciséis sentimientos que experimentamos con más frecuencia en Psychology of Emotion (1992): amor, odio, euforia, indignación, optimismo, impaciencia, admiración, envidia, afecto, enfado, gratitud, satisfacción, tristeza, agrado, venganza, celos.

Todos sabemos definirlos cuando los nombramos..!! ¿Cómo convivir con todo esto?

En primer lugar, conociendo esta realidad y la características que describe a cada sentimiento, solo hay que fijarse en el manejo de las emociones (manipulación) que realizan nuestros políticos, y más concretamente algunos de los que han cosechado mayores éxitos en captar giles en los últimos tiempos. Los personajes políticos y sus equipos de asesores son perfectamente conscientes de lo que hacen la mayor parte del tiempo. Esa consciencia implica, en el campo de las emociones, jugar con la generación de sentimientos con un objetivo a alcanzar. O sea, comunicar con intención, y hacerlo eficazmente, manipulando las emociones. Palabras, eslóganes, discursos, promesas. Todo ello nos retrata a los políticos, en paralelo a su imagen, a su actitud. Pero, ¿Por qué? ¿Cómo hemos llegado a esto como sociedad y como individuos? ¿Tan escasa es nuestra capacidad de razonar? ¿Tan a flor de piel tenemos nuestras reacciones, que un gesto o un tono inspirador pueden reportar la confianza que no se gana con un discurso mediocre? se pregunta Toni Aira en su libro «La politica de las emociones».

La respuesta a todas estas preguntas tiene mucho que ver con las emociones y los sentimientos que generan. Han estado ahí siempre, condicionando nuestra atención, nuestra memoria y nuestro razonamiento lógico. Pero el salto clave que hemos dado como sociedad consiste en que ya no vivimos de espaldas a ello, ya no se niega. Y actuando en consecuencia, se está aprendiendo rápidamente a gestionar esas emociones que generan los sentimientos que nos mueven, incluso también al votar. El psicólogo Jonathan Haidt en La transformación de la mente moderna (2019), dice: «el Razonamiento Emocional es una de las Distorsiones más comunes de todas; la mayoría de las personas serían más felices y eficientes si NO lo empleara tanto». La política intenta el control del razonamiento emocional, por la obsesión de tratar de imponer un relato favorable y contrarrestar el de los adversarios. Esa táctica deriva en excesos como la construcción de hiperrealidades que son realidades alternativas que no existen, o directamente Mentiras que dan por hecho lo que se desea que suceda (por ej: La década ganada, La cuarentena es para cuidarlos, etc.). El personaje político tiene una fijación expulsiva anal no superada (hacer cag….)

En cuanto la razón humana hubo triunfado sobre la superstición y los derechos divinos, se descubrió la fuerza de las emociones y las sensaciones humanas como medios para perturbar y dominar el nuevo orden político. Vivimos atropellados como individuos y como gobiernos sudacas en unas sociedades aceleradas, nos apoyamos cada vez más en los sentimientos y menos en las realidades y estamos desconcertados. Vivimos más de percepciones (sensoriales) que de realidades y eso nos provoca una decepción generalizada que se deja notar en nuestro consumo en general y en lo político en particular. Y ahí es donde los sentimientos han pasado a dominar aun más el mundo. Al coronavirus, los líderes institucionales más conocidos y sus equipos lo han aprovechado en su propio beneficio. Vía trabajo de las emociones ante la pandemia fueron puestos a prueba ante el estallido de la crisis. Y vemos como «adquirieron el virus» para martirizarse en su propia sociedad: el Ministro Jhonson, Trump, Bolsonaro, etc. cuando de entrada habian «desestimado» la orden superior de subordinarse a esa pandemia inescrupulosa. La desinformación y el miedo propician una mutación útil para la política perversa. Propiciando el odio, que es ese sentimiento propio de los humanos, origen de guerras y que tanto cuesta desincrustar de las mentes donde se instala y que se describe como ese intento por negar o eliminar aquello que nos genera disgusto o miedo, con profunda enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo.

La política institucional pasa muy desinteresadamente por la mayoría de las personas. Pero a la vez, triunfa una cultura de lo superficial con abundante desinformación -y ganas de creérnosla como Albertaa-. Y eso se deja notar. ¿La crisis de la Covid-19 nos habrá impactado lo suficiente como para cambiarlo? En estos meses pasados he descrito como el estallido de la pandemia del coronavirus, la mala percepción del sistema político y de algunos profesionales médicos se ha extendido por todo el país, incluso en rincones que se resistían a ello. La desconfianza fue en aumento. La percepción de la política como principal problema de un país no deja de subir desde hace años. Se negativizan el discurso político y sus protagonistas. Los discursos positivos generan resistencia porque van en contra de sentimientos instalados de caer en precipicio. A la desconfianza cabe sumarle la pérdida de legitimidad y de apoyo que padecen las principales herramientas que tenían los ciudadanos para transitar por el mundo político. Se confía cada vez menos en los partidos o en instituciones como los legisladores y los sindicatos. Los ciudadanos escuchan menos de estos referentes para entender el mundo y, al no sustituirlos por otros mínimamente sólidos o con vocación de integración social, la confusión general avanza y se incentiva el imperio de las emociones. Un contexto en el que mas pícaros tratan de «pescar» sometiendo a la sacudida por la vía sentimental. Como ha escrito el analista Antoni Puigverd en el diario La Vanguardia (16/08/2019), 《La crisis de las creencias tradicionales -religión o revolución- y la desconfianza que suscitan las instituciones básicas -familia, escuela, política- han dejado un enorme vacío, que ahora rellenan grandes corrientes emocionales de carácter moral. Las redes sociales facilitan el crecimiento de olas de compasión, afecto, indignación o fervor patriótico. Los sentimientos que circulan son bienintencionados -aunque a menudo también responden a odios y rencores-. Sin embargo, no suelen comprometer a nada. Es como ir al cine y ver la película que busca activar las emociones del espectador y, por consiguiente, contemplando determinadas escenas pueden llegar a llorar. Ante las desgracias de los protagonistas, pueden empatizar con ellos. Pero en cuanto se acaba la película y se encienden las luces, empiezan a pensar en la pizza y la cerveza que pedirán en el bar…》. Los medios, desorientados también, se suman al fenómeno -paradójicamente- incentivando la espectacularización y el conflicto como sinónimos de tener la razón (Crónica/C5N, Canal 26, por ej.). Las ideas más nocivas tienen más plataformas de proyección que nunca. Y el ritmo acelerado atropella proyectos e ideas, quemando etapas a menudo antes de tiempo. Esta adrenalina, esta montaña rusa, nos tiene enganchados. Pero, al final, en un contexto crítico, si no va acompañada de un sentido de utilidad, su recorrido es muy corto. El acceso a mayores opciones de información -y de desinformación- predispone a los ciudadanos más informados como más resistentes al cambio de opinión. Nadie se quiere reconocer equivocado, menos todavía en aquello que siente. Así que más que corregirse, el individuo contemporáneo busca quien le anime a persistir en su elección -también emocional-. Poco importan lo argumentado en el debate: los contenidos no dan la razón para quienes sienten que su razón viene de lejos, y solo piensan cómo encontrar elementos que la refuercen.(MacriGato/Albertaa).

Casi todo personaje político tiene algo sucio en su pasado. Puede ser algo que ya no existe. Pero puede ser lo suficientemente oscuro como para arruinar la reputación de alguien, hasta el punto de tener que apartarse de la vida pública. Si el ciudadano común no está tan conectado con la política no tendrá ni idea de lo podrida que está. Cada animal político defiende lo suyo, la gente les importa una M…. Si las personas los tienen como a sus héroes es porque hacen cosas para que les vean así. Solo tendrían que ver lo que pasa siempre cuando el congreso o alguna otra organización destapa alguna de las tácticas sucias del Gobierno…, al cabo de uno o dos días, el diario/tv lanza un notición que tenía guardado en la manga y saca aquella realidad sucia de la portada y de tu mente. No es el tipo de noticia a la que se haría caso o se prestase atención, es estrictamente el último recurso.

En argentina, ni siquiera hace falta que te pregunten si quieres el hisopado de una u otra manera, la falange del politico ó del falso medico del COE (prendido al politico) ya sea en la boca o en el trasero es algo NORMAL…

Cr.Alberto R. Fertonani, Resolviendo la Mentira Social, Editorial Buyatti, Bs.As.,2021

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