Merecimiento o darse importancia. – Columna del Cr. Alberto Fertonani

Debemos tener en cuenta que el merecimiento corresponde a una persona que hace el esfuerzo propio para lograr el éxito ó su fracaso. No se refiere a quien está sentado esperando a que lo voten porque lo incluyeron en la boleta electoral. Más bien se refiere a los éxitos que lo llevan a estar en esa boleta. El ejemplo de los candidatos argentos es paupérrimo, pues sabemos que ponen a cualquiera que no se mereció ni la teta de la madre.

Un militante me recordó: “para eso idearon las P.A.S.O.” y me lo dijo en un tono de voz que parecía que hasta él se lo creía. ¿Acaso, el que un militante candidato de la izquierda que aparece en una foto de campaña con remera descolorida de trabajador, se merece un cargo de Senador porque se ‘merece cenar’ todos los días?. Como si fuera al senado en camiseta en lugar de llevar un traje ‘a medida’ de su panza cervecera.

Aclarada esta realidad, podemos decir que:  El merecimiento Formal se relaciona con ganar o perder de acuerdo a las reglas particulares del deporte o la competencia. Según las reglas establecidas del concurso, él ganó y yo no. En algún punto, aceptar el merecimiento Formal implica aceptar que ciertos hechos ocurrieron. Llegó primero, por ejemplo.

Y el merecimiento Material reconoce, por ejemplo, el hecho mismo de competir y prepararse para una competencia. Si bien conocemos el resultado en una competencia, a veces, no podemos conocer el esfuerzo que le demandó a la persona prepararse para competir y haberlo hecho con cortesía y consideración para con sus colegas, haber demostrado un mayor talento en su preparación, etc. Allí, por ejemplo, se encuentra la frase de padres a hijos, luego de un resultado desfavorable en una competencia escolar: “Hijo, lo importante no es ganar sino competir”. Una chanchada social, ya que la historia la cuentan los que ganan…, y de ellos se acuerdan en el populacho. De Juan Manuel Fangio se acuerdan hasta las ranas, de su eterno segundo Stirling Moss (“el campeón sin corona”, le pusieron sus compatriotas), ni el loro. La frustración de ese niño, ante reiterados facasos, debería ser considerada, sobre todo si no reune las condiciones para llegar alguna vez a ganar. Sería bueno orientarlo hacia lo que pudiera llegar a ser exitoso y evitamos, a futuro, un Máximo K., que mami lo envalentonó para ‘cualquier’ cosa (Diputado, por ej.). Aunque viéndolo bien, Diputado es un “Club de ganadores”, ganan con: la super dieta, la coima, escondiéndose de la justicia, rascándose (dándo el peor ejemplo), etc. Contra ese Club de ganadores, que también lo integran el 90% de los que reciben planes sociales que tienen conducta imitativa y se rascan, estamos los que participamos de un “Club de discapacitados”  y debemos trabajar para vivir y creer que eso es dignidad. Como pensaban los tipitos desnudos que habitaban esta tierra: “por hechos de este tipo deberíamos culpar a algún ser superior y seguir bailando en cueros y a los gritos”.

Nuestros juicios morales son demasiado complejos como para poder establecer una barrera tan clara entre quien es exitoso y quien no lo es. En verdad, si pudiéramos determinar quien es exitoso y quien no lo es, habría que analizar cómo operan nuestros principios morales de acuerdo a esta distinción.

El merecimiento, en la mayoría de los casos es subjetivo, o sea, se usan “criterios propios” de merecimiento y responden a un sinfín de circunstancias vinculadas con las comunidades en las que vivimos y las personas con las que tratamos. En general, la forma de ‘enjuiciar subjetivamente’ a los individuos tiene como finalidad descalificar, en algún aspecto, a la persona sobre la que recae el juicio mediante un cuestionamiento de algunas de sus acciones o rasgos de su carácter.

Todas las circunstancias que rodean nuestro crecimiento desde niños, el descubrimiento de talentos, habilidades, el desarrollo físico e intelectual, no puede ser atribuido al merecimiento. Según John Rawls, nadie merece sus capacidades naturales, nadie puede hacer nada para decidir dónde nacer y de qué padres. Esto se debe a que lo que Rawls denomina “la lotería natural”. Estas circunstancias no pueden estar justificadas razonablemente, y es moralmente cuestionable reclamar que alguien merece lo que tiene gracias a la suerte. Es por ello que Rawls considera que es necesario implementar una compensación a través de un principio que

denomina de reparación. Se pretende allí lograr igualar circunstancias desiguales -por obra de la naturaleza- con la pretensión de lograr la igualdad de oportunidades para aquellos que nacieron en condiciones menos favorables. Partiendo de la llamada justicia distributiva, se pretende compensar estas falencias para que todos puedan tener las mismas opciones en el desarrollo y ejercicio de su autonomía individual.

Fue el trabajo de Rawls, el que abrió el camino hacia un nuevo tipo de liberalismo económico, en el que el Estado debía hacer algo para compensar desigualdades inmerecidas. El problema se magnificó en Argentina pues no se sabe quien se merece algo y le dan planes sociales solo por ser ‘militantes desiguales’.

Ya tenemos todos los premiados… Y de castigos, ¿como andamos?

Las exigencias sobre las personas públicas son mayores y nuestros juicios morales son demasiado pretensiosos sobre ellos: queremos que sean buenos, correctos y respetuosos del pueblo, exageradamente honestos, que sostengan ideas políticas similares a las nuestras y si es posible que en su mandato expresen este tipo de ideales. Es inadmisible que un funcionario argento sea estúpido, servil, coimero, veleta, mentiroso. Pero resulta que el 80% de ellos lo son

En la filosofía del castigo, el retribucionismo ha sido la tesis que, desde siempre, ha sostenido que quien comete un delito debe recibir el castigo que merece. En general, estamos de acuerdo en que las persecuciones penales y las condenas criminales deben apoyarse en la violación de algún deber moral determinado. Pero, en lo político, la justicia participa en el encubrimiento del delincuente, por lo que nos dejan solo castigarlo con el voto. Y volvemos al mismo error de haber votado al que no lo merecia. Al castigar con el voto lo centramos todo en la suerte, a un cara ó cruz aleatorio que nos trae a otro candidato del mismo ‘chiquero político’ del castigado. Seguimos sin criterios de merecimiento porque no tenemos la verdadera información de la trayectoria personal, basada en capacitación y reconocimiento de los demás.

Alguien Importante llega a serlo por una suma de resultados exitosos, que dan una trayectoria personal, basada en capacitación y reconocimiento, de los demás, en forma explícita. Siendo el principal ingrediente para comenzar a serlo, tener una alta autoestima, sin llegar a “creérsela”. No hay que tener miedo de ser alguien importante, si su contribución social resulta provechosa a los que valoran sus aporte. Quienes no lo valoran, lo llamarán megalómano, etc. Entonces, al igual que el merecimiento, también es algo muy subjetivo. No es lo mismo ganar un merecido premio que no ganarlo.

Para nosotros, no es lo mismo si un rayo impacta sobre un desconocido en un lugar inhóspito que si ese mismo rayo le cayera a un Presidente. Necesitaríamos, en ese caso, algún tipo de explicación y, probablemente, alguien a quien culpar por el hecho. Apelar al merecimiento para ello, no nos ayuda a resolver esta expectativa. En todo caso, los argentos no siempre deberíamos buscar culpables y hacer excepciones. “Y que un mal rayo te parta Albertaa…”

Cr. Alberto R. Fertonani – Resolviendo la Mentira Social, Editorial Buyatti, Bs.As., 2021

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