Durante más de seis décadas, el país construyó una trayectoria aeroespacial propia que hoy lo ubica en misiones lunares junto a la NASA.
La historia aeroespacial argentina es una de las más singulares de América Latina. Desde los primeros cohetes experimentales lanzados a comienzos de los años 60 hasta la participación actual en el programa Artemis II de la NASA, el país desarrolló capacidades científicas y tecnológicas que le permitieron sostener una presencia activa en la exploración espacial, aun atravesando fuertes vaivenes políticos y presupuestarios.
El punto de partida se dio en 1960 con la creación de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), encabezada por el ingeniero Teófilo Tabanera. Un año después, Argentina lanzó el Alfa Centauro, el primer cohete nacional de combustible sólido, capaz de alcanzar entre 12 y 20 kilómetros de altura. A partir de allí se desarrolló la familia Centauro, sentando las bases de una industria incipiente pero ambiciosa.
En esa misma década, el país logró un reconocimiento internacional con el Proyecto BIO, que incluyó vuelos suborbitales con seres vivos. En 1967, el ratón Belisario permaneció 30 minutos en ingravidez, y en 1969 el mono Juan alcanzó los 82 kilómetros de altura a bordo de un Canopus II, regresando con vida. Con esa misión, Argentina se convirtió en el cuarto país del mundo en enviar un ser vivo al espacio y recuperarlo con éxito.
Durante los años 70 y 80, el desarrollo se concentró en el Programa Cóndor, orientado inicialmente a lograr un lanzador satelital propio. Tras la guerra de Malvinas, el proyecto derivó hacia fines militares (Cóndor II), lo que generó presiones internacionales que desembocaron en su cancelación a comienzos de los 90. En 1991, la CNIE fue disuelta y reemplazada por la CONAE, marcando un giro definitivo hacia un programa espacial civil, enfocado en la observación terrestre y la cooperación internacional.
A partir de entonces, Argentina consolidó su perfil como país constructor de satélites, con un fuerte entramado entre el Estado, el sistema científico y la empresa INVAP. La serie de Satélites de Aplicaciones Científicas (SAC) marcó un antes y un después, especialmente con el SAC-C, lanzado en el año 2000, que operó durante casi 13 años, triplicando su vida útil prevista.
El salto estratégico llegó con la creación de ARSAT en 2006, destinada a preservar las posiciones orbitales del país. Los lanzamientos del ARSAT-1 en 2014 y ARSAT-2 en 2015 convirtieron a Argentina en una de las pocas naciones capaces de fabricar satélites geoestacionarios de telecomunicaciones de manera integral.
En la etapa más reciente, la tecnología desarrollada alcanzó niveles de alta complejidad. Los satélites SAOCOM 1A y 1B, lanzados en 2018 y 2020, posicionaron al país como líder mundial en radares de apertura sintética en banda L, con capacidad de observar la superficie terrestre aun de noche o bajo nubes, aportando datos clave para la gestión de emergencias, la agricultura y el estudio del suelo.
El hito más ambicioso se concretará en 2026 con el lanzamiento del microsatélite Atenea, un CubeSat 12U diseñado y construido íntegramente en Argentina, que integrará la carga secundaria de la misión Artemis II de la NASA. Atenea validará tecnologías críticas en órbita profunda, medirá radiación, evaluará componentes en condiciones extremas, probará comunicaciones de largo alcance y captará datos de posicionamiento en trayectorias más allá de la órbita terrestre.
Transportado por el Space Launch System (SLS), el lanzador más potente de la NASA, el satélite será desplegado a unos 70.000 kilómetros de la Tierra, estableciendo un récord histórico de distancia para la industria espacial nacional. El proyecto es fruto de un trabajo conjunto entre la CONAE, VENG, el Instituto Argentino de Radioastronomía, la CNEA y universidades públicas como la UBA, la UNLP y la UNSAM.
En paralelo, el país mantiene el desarrollo del lanzador Tronador, que busca recuperar la autonomía de acceso al espacio para cargas livianas, y amplió su infraestructura científica con la Antena de Espacio Profundo en Neuquén y el radiotelescopio CART en San Juan, en cooperación con China.
La cronología aeroespacial argentina refleja una constante: talento científico, capacidad técnica y perseverancia. A pesar de interrupciones y retrocesos, el país logró sostener un proyecto espacial propio que hoy vuelve a mirar a la Luna y se proyecta como actor activo en la economía espacial global.
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