La economía mundial atraviesa un giro profundo: la apertura comercial sin restricciones cede lugar a una nueva etapa marcada por el nacionalismo económico, el proteccionismo selectivo y la competencia estratégica entre Estados.
Durante décadas, la globalización se sostuvo sobre la idea de que la interdependencia económica, la libre circulación de bienes y la especialización productiva generarían beneficios mutuos. Sin embargo, ese paradigma está siendo reemplazado por el neomercantilismo contemporáneo, una lógica donde la tecnología se transforma en el principal activo de poder.
A diferencia del mercantilismo clásico —centrado en la acumulación de oro y plata—, el enfoque actual pone el eje en el control de sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la energía, la biotecnología y los datos. En este nuevo escenario, los Estados aceptan mayores costos económicos si eso garantiza soberanía tecnológica y seguridad nacional.

Uno de los rasgos más visibles de esta transformación es el desacoplamiento tecnológico. Las potencias ya no priorizan la eficiencia global, sino la autonomía. Esto se traduce en políticas de friend-shoring y near-shoring, relocalizando cadenas de suministro hacia países aliados y reduciendo la dependencia de competidores estratégicos.
La globalización, lejos de desaparecer, se fragmenta en bloques rivales. El comercio internacional se vuelve selectivo y condicionado, con barreras que ya no son solo arancelarias, sino también regulatorias y tecnológicas: controles de exportación, revisiones de seguridad, screening de inversiones y estándares técnicos que funcionan como filtros geopolíticos.
En este contexto, el Estado recupera un rol central. Gobiernos de todo el mundo impulsan subsidios masivos, planificación industrial y proteccionismo discrecional para fortalecer sectores de alto valor agregado. La lógica del libre mercado cede frente a una visión donde la economía es una herramienta directa de poder político.
El resultado es una redefinición profunda del orden global. La cooperación multilateral da paso a una competencia de suma cero, donde la ventaja tecnológica de un país puede implicar la vulnerabilidad de otro. La tecnología ya no es solo motor de crecimiento: es un instrumento de dominación, influencia y estabilidad macroeconómica.
Así, el neomercantilismo contemporáneo transforma la globalización en un sistema más cerrado, estratégico y jerarquizado, donde el acceso al conocimiento y a la innovación depende, cada vez más, de la alineación política y geoeconómica.
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