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La enseñanza, base de la opinión pública. – Cr. Alberto Fertonani – Nexus Contenido

La enseñanza, base de la opinión pública. – Cr. Alberto Fertonani

¿Podrían acaso nombrar a algún gran educador que haya nacido como el mensajero de los dioses? Yo no conozco a ninguno. El único puesto en nuestra república que se me ocurre que pueda ser cubierto por un hombre por el mero hecho de haber nacido, es el de estúpido.

El ‘educador nato’ que logra el éxito sin una preparación especial es, simplemente, una persona con una aptitud y una habilidad poco comunes para la profesión que ha elegido, con una fuerte capacidad de concentración y de esfuerzo constante, alguien que ama su trabajo y vuelca en él su corazón y su mente; una persona culta en el sentido más estricto, y que ha complementado la educación transmitida por otros con el autoaprendizaje diario, compensando las carencias de su formación y la evolución de la tecnología con el sacrificio incondicional de  fuerzas y energía.

Pero, incluso en ese caso, ¿no habría sido una ventaja tener un sistema de enseñanza que le hubiera dado los mismos resultados, pero ahorrándose mucho tiempo y esfuerzo?

La educación empieza desde la cuna, en casa, con las enseñanzas de los padres, abuelos, y hermanos mayores, y continúa durante toda la vida con muchas otras influencias. La universidad es una de esas influencias: útil, pero no milagrosa. Un tonto que arrastre una ristra de títulos tras su nombre seguirá siendo un tonto, y un genio, si se ve en la necesidad, inventará su propia universidad, aunque malgastando un esfuerzo que bien podría haberse empleado en un trabajo productivo.

Abraham Lincoln, ex-presidente yanki, cuya formación académica consistió en un libro prestado que leía a la luz del hogar, estudió al filósofo griego Euclides en el Congreso nacional cuando tenía casi cuarenta años. Pero ¿no habría sido mejor si ese estudio se hubiera realizado a los catorce?.

Toda inteligencia requiere un desarrollo. La más alta se beneficia de él y la más baja inteligencia no es nada sin el desarrollo. La mejor obra de Shakespeare, Hamlet, no fue la primera, sino la decimonovena, escrita con edad y madurez, después del esfuerzo, la experiencia, el ejercicio de sus facultades y los conocimientos acumulados tras escribir dieciocho obras teatrales. Ya que Shakespeare fue un genio ‘nato’, ¿por qué no empezó escribiendo Hamlet en su juventud?.

No hay duda de que en todos los campos las aptitudes naturales son la clave del éxito. Ninguna universidad puede crear un buen abogado si este no tiene una mente jurídica sobre la que trabajar, ni tampoco hará de un joven destinado a vender vendajes un médico reconocido. ¿Puede desarrollarse la conciencia?

La formación no puede crear un temperamento adecuado, ni siquiera cambiarlo radicalmente. Pero ¿acaso la conciencia no es diferente del temperamento? ¿No se trata, en buena parte, de una cuestión de educación? ¿No debería considerarse una cualidad adquirida, en vez de algo heredado o inherente? ¿No tenemos razones para creer que, en gran medida, la conciencia es una cuestión del clima y la geografía?

¿Se puede enseñar el coraje moral?

Reconozco que es la cosa más difícil de enseñar del mundo. Pero ¿no nos puede animar el hecho de que el coraje físico sí se pueda enseñar?. El orgullo y el ánimo de emulación pueden provocar que una masa de hombres haga algo que ni siquiera un héroe osaría hacer él solo. ¿Qué probabilidades hay de que el francés Napoleón hubiera cargado en solitaria grandeza contra los ingleses? Necesitó de sus ‘leones’, como él los llamaba, para ganar la batalla. Si se pueden hacer cosas como esas mediante el coraje físico, ¿por qué no a través del coraje moral?.

Si se puede enseñar a la mente a exponer al cuerpo sin temor a las heridas y a la muerte, ¿no se podrá enseñar al alma a que se aferre a sus ideas evitando caer en tentaciones, prejuicios,  y persecuciones?. El coraje moral se desarrolla gracias a la experiencia y la educación. Cada práctica realizada con éxito facilita el siguiente paso. Fue el caso del ‘Che’ Guevara, imagen eterna e universal de los revolucionarios.

¿Es innecesaria una nueva escuela? La industria moderna cuida concienzudamente sus subproductos. En la minería de la plata, a veces se encuentra oro como un subproducto que supera el valor de la plata. Del mismo modo, en las asignaturas generales de la universidad podemos encontrar subproductos que se ajustarían a las necesidades de la opinión pública. ¿Por qué no separarlos, desviarlos, extraerlos, concentrarlos y volverlos específicos para el estudiante?. Por ejemplo un profesional y educador con mucha experiencia de calle, impartir sus vivencias a los estudiantes que van a salir a trabajar.

¿Por qué no? La dificultad de obtener a las personas adecuadas a costa de sacarlas de su actividad es un problema que nos sugiere la posibilidad de apoyarnos en los educadores ya retirados, que ya no pueden formar parte de la agotadora vida de un aula. Pero todos los gremios de docentes deberían ver en esta cuestión un llamamiento al honor y al orgullo de educadores de la patria grande.

¿Que cosas no se pueden enseñar?

Hay cosas que una escuela, una facultad no puede enseñar. Ninguna de éstas puede dar imaginación, iniciativa, impulsos, entusiasmo, sentido del humor o ironía. Esas cosas son innatas. Pero esas cualidades innatas, ¿no se desarrollarían y fortalecerían en el contexto de dicha aula? ¿No se observa continuamente un desarrollo de dichas cualidades innatas a lo largo de la vida intelectual?. Bien es cierto que el educador nato nace, no se hace.

En un Estado cuyo sistema de gobierno es esencialmente democrático, no se puede dar ningún cambio de: ‘dinastía de casta política’, de administración ni de la constitución, que no haya sido provocado directamente por la acción de la opinión pública real o malipulada.

En los gobiernos modernos, la efectividad de la opinión pública está en proporción directa con la libertad del pueblo. como dijo el Ulises Grant: ‘la voluntad del pueblo es la ley del país y es de vital importancia saber cuáles son las causas creadoras de la opinión pública’.

¿Cuándo se debe estar de acuerdo con la opinión pública, y cuándo en contra? ¿Cuál es el mejor método para influir en ella? ¿Cómo debe dirigirse para obtener resultados prácticos?.

La opinión pública como poder político y moral tiene su inspiración y expresión en la prensa y la tribuna popular. Gutenberg, creador de la imprenta gráfica, fue el fundador de la opinión pública moderna. La imprenta ha sido uno de los factores más importantes en la difusión de las ideas propugnadas por los reformistas religiosos y la creación de una opinión pública que las apoyara. Las palabras pronunciadas por los religiosos, educadores, investigadores y científicos sólo llegaron a unos pocos, pero una vez impresas les llegaron a millones de personas. Miles de folletos y panfletos que contenían las semillas de las nuevas ideas se esparcieron por el mundo.

Con el advenimiento del periódico se empezó a sentir una fuerza nueva, la más poderosa que se ha conocido para la creación, el desarrollo y el control de la más importante de las fuerzas modernas: ‘la opinión pública mayoritaria’.

En nuestras luchas por los derechos de los trabajadores, la opinión pública también presiona con una fuerza que no se puede resistir. En las grandes huelgas de los trabajadores, los intereses financieros y los empresarios conservadores estan, casi sin excepción, en contra de los convenios colectivos. Se rechazan muchos intentos de solucionar el conflicto y, sin embargo, al final ambas partes se rinden. ¿A quién? ¿Al presidente? ¡No! A la opinión pública, de la cual el periódico, la web, el blog, la red social, fueron el efectivo instrumento, y cuya condena ningún bando se atrevía a tener que soportar.

Un político, corrupto o no, jamás se lanzará a tomar la iniciativa de una manera inaudita y anticonstitucional, si la voz del pueblo lo ha frenado. Ni tampoco se le habría escuchado si se hubiera atrevido a opinar en contra de ella.

Una opinión pública bien informada es nuestro tribunal de última apelación. Una apelación que siempre se puede hacer con seguridad contra los errores públicos, la corrupción política y sindical, la indiferencia popular o las coimas administrativas. Y una prensa y red social honrada es el instrumento más efectivo para llevar a cabo esa apelación.

En resumen, ¿no es cierto que todos los trabajadores intelectuales, docentes incluidos, ya sean creativos o imitativos, intentan empaparse de su ambiente de trabajo? ¿Y no es razonable pensar que nuestros estudiantes se beneficiarían de alguna forma de vivir y trabajar durante unos años en el ambiente de la enseñanza como base de la opinión pública autorizada?

Esa es la meta a cumplir…, y se la debemos a nuestros descendientes.

Cr. Alberto R. Fertonani – Resolviendo la Mentira Social, Ed. Buyatti, Bs.As., 2022     -106

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